Hace dos semanas, subí por ultima vez aquellas escaleras.
Mi violoncello a la espalda se balanceaba a cada paso, poco a poco, como deseando salir a sabiendas de que no volvería a hacerlo en una temporada.
Durante la clase, repasamos todo y pude ver claramente cuánto había progresado.
El tiempo jugó en mi contra y las dos horas volaron más rápido de lo habitual.
Recogí mi instrumento y me despedí de aquel que me ha enseñado todo lo que sé de este mundo tan fascinante.
Salí por donde había entrado, y sentí impulsos de volver y romper la hoja de baja.
Sentí impulsos de volver el lunes pasado también.
Porque desde entonces, poco a poco, siento que me va faltando algo.
Sé que suena absurdo, pero la música para mí es como el aire.
Echo de menos tocar en buena compañía, disfrutar de la música.
Echo de menos aquellos fines de semana en los que deseaba que llegara el lunes, sólo por ir a esa clase y evadirme de todo durante los cuarenta minutos con los que empecé a aprender.
Echo de menos esos primeros años en los que tocar era una diversión, en los que las canciones eran preciosas y desconocidas, algunas compuestas por los niños.
Echo de menos el nerviosismo previo a los conciertos, los cambios repentinos de programa y los tropezones por la escalera de caracol.
Pero lo decidido, decidido está. Las cosas no son lo que eran y antes de que la pasión que siento por la música muera he preferido abandonar esas clases que en otro tiempo me dieron la razón para pasar otra semana.
De Rika-chan para A, A. Siempre serás mi profe preferido.
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