Al anochecer ella se encontraba sola en la lúgubre habitación en que la habían encerrado desnuda. La luz del sol menguante se filtra por una pequeña ventana que da a un patio de frío cemento.
Frío.
Ella ya no recuerda cómo se siente el frío. Ni el calor del sol quemando su blanca piel.
Ya no recuerda lo que es estar en este mundo.
Toma entonces la cuchilla robada entre sus manos.
Su cuerpo se convierte en el lienzo una vez más.
Poco a poco suaves caminos ensangrentados pueblan sus brazos, abdomen y piernas.
Líquido negro, corrupto y sucio mana de toda ella, intentando purificar aquello que ya no es purificable.
No siente el dolor de la piel al abrirse bajo el metal plateado. No siente el lustroso brebaje correr por su piel y gotear al colchón en que ahora se encuentra.
No cae ni una sola lágrima, porque ella ya no puede llorar.
Ahora es la luz de la luna la que se filtra por el hueco que da al patio de frío cemento.
Ella se esconde bajo las pegajosas sábanas manchadas de la ponzoña que corre por sus venas cuando escucha como cada noche esos pasos acercarse.
Sabe que la castigarán por automutilarse, pero no la importa, porque no lo sentirá, por mucho que presionen.
No hay nada peor que estar muerto en vida.
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